Brasil celebró el pasado domingo la primera vuelta de sus elecciones generales con un resultado que casi ninguna encuesta anticipaba. El senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL) e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, se impuso al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT), que aspira a un cuarto mandato.
Ninguno de los dos alcanzó la mitad de los votos válidos, por lo que volverán a enfrentarse dentro de tres semanas. Con el 98% de los votos escrutados, el Tribunal Superior Electoral otorgaba a Flávio Bolsonaro el 47,1% de los votos válidos y a Lula el 45%. El senador, de 45 años, encabezó el recuento de principio a fin. Según sus propias palabras, sumó 56 millones de votos, más que su padre en la primera vuelta de 2022.
El resultado contradice a los sondeos. La última encuesta de Datafolha, realizada entre el 22 y el 24 de septiembre, situaba a Lula cuatro puntos por delante (40% frente a 36%). Ya en 2022 las encuestas infravaloraron el voto bolsonarista.
«Brasil quiere cambio», afirmó el vencedor en Brasilia, donde dio por «decretado el fin de la era del PT». Lula, de 80 años, recordó desde São Paulo las derrotas de su primera etapa política y advirtió que su rival «representa la incertidumbre».
La aritmética de la segunda vuelta, prevista para el 25 de octubre, favorece al senador. Los candidatos de derechas eliminados suman cerca del 7% de los votos, mientras que Lula ya concurría como candidato único de la izquierda y apenas tiene de dónde sumar, salvo que logre movilizar a los abstencionistas.
La derecha también se impuso en otras contiendas de esta macroconvocatoria, en la que se elegían 27 gobernadores, los 513 diputados federales y 54 de los 81 senadores. El gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, fue reelegido con 26 puntos de ventaja sobre Fernando Haddad, y el PL ganó peso en el Congreso. Michelle Bolsonaro y dos hijos del expresidente, Carlos y Jair Renan, obtuvieron escaño.
Los evangélicos son ya el 26,9% de la población brasileña, unos 47,4 millones de personas según el Censo de 2022, frente al 21,6% de 2010. La mayoría pertenece a iglesias pentecostales, y su apoyo fue decisivo en la victoria de Jair Bolsonaro en 2018.
En esta campaña la balanza se ha inclinado con claridad. Una encuesta de Datafolha publicada el 17 de septiembre daba a Flávio Bolsonaro el 60% de la intención de voto evangélico en una eventual segunda vuelta, frente al 32% de Lula. Son 28 puntos de diferencia en un segmento que representa más de una cuarta parte del electorado.
El apoyo no estaba garantizado al principio. Cuando su padre lo designó candidato, en diciembre, varios líderes religiosos preferían a Tarcísio de Freitas o a Michelle Bolsonaro, evangélica y con fuerte arraigo en las iglesias. El diputado y pastor Sóstenes Cavalcanti, líder del PL en la Cámara, fue de los primeros en respaldarlo.
Para revertir esas reticencias, la campaña de Flávio creó una coordinación específica dedicada a los fieles. Sus integrantes contactaron con pastores, se incorporaron a grupos de WhatsApp vinculados a iglesias y orientaron el lenguaje del candidato.
El senador se identifica como evangélico y en los últimos meses ha intensificado las referencias a su fe cristiana, con expresiones como «propósito» o «Dios me está preparando», y ha asistido a cultos de la Asamblea de Dios. También ha buscado al votante católico, con visitas a santuarios como el del Divino Padre Eterno, en Goiás. Su lema sigue siendo «Dios, patria, familia y libertad».
Lula, católico, también ha cortejado a este electorado. Nombró al bautista Jorge Messias para el Supremo Tribunal Federal, declaró la música góspel patrimonio cultural y su esposa, Janja da Silva, ha mantenido reuniones con líderes evangélicos. Algunas iglesias influyentes, como sectores de la Asamblea de Dios, conservan una buena relación con el presidente.
El voto evangélico, con todo, no es un bloque uniforme. Casi un tercio de los fieles se inclinaba por Lula en septiembre, y su movilización, o la de quienes no votaron, puede pesar en una segunda vuelta que se decidirá por pocos puntos.
El 25 de octubre, los brasileños elegirán entre esos dos modelos, y el voto de más de 47 millones de evangélicos puede inclinar la balanza.
Los programas de gobierno presentados en agosto coinciden en algunos objetivos, como reducir las listas de espera de la sanidad pública o ampliar la jornada escolar completa. Pero divergen en economía, trabajo, seguridad, justicia y política exterior.
Pero no en economía, Lula propone mantener el marco fiscal actual y la reforma tributaria, ampliar la inversión pública y que los más ricos paguen proporcionalmente más impuestos. Flávio Bolsonaro, en su plan Para que Brasil venza el atraso, apuesta por reducir el tamaño del Estado: superávit primario, recorte del gasto, supresión de al menos diez ministerios, bajada de impuestos sobre energía y combustibles, revisión de la reforma tributaria y nuevas privatizaciones.
Tampoco en lo laboral, donde Lula defiende acabar con la jornada de seis días de trabajo por uno de descanso y fijar una semana de 40 horas sin rebaja salarial. Su rival, Bolsonaro, prefiere jornadas flexibles pactadas entre empresas y trabajadores.
La seguridad es el terreno de mayor contraste. Lula plantea más coordinación entre administraciones, inteligencia policial y cámaras corporales, siempre dentro del marco constitucional. Flávio promete mano dura: cinco nuevas prisiones federales de máxima seguridad, 500.000 plazas penitenciarias, rebajar la edad penal de 18 a 14 años y declarar «narcoterroristas» a las grandes facciones criminales y a las milicias.
También chocan en su relación con la justicia. Lula no plantea cambios en el Supremo Tribunal Federal, mientras que Flávio quiere limitar las decisiones individuales de sus magistrados y retirarle competencias penales. La mayoría del PL en el Congreso abre además la puerta a una amnistía para los condenados por el asalto a las instituciones del 8 de enero de 2023.
En política social, Lula promete ampliar Bolsa Familia y los programas contra la pobreza, y defiende los derechos civiles conquistados por mujeres, indígenas y personas homosexuales. Flávio mantendría las ayudas, pero ligadas a la formación profesional y la inserción laboral, y propone extender las escuelas cívico-militares bajo su lema «Dios, patria, familia y libertad».
En el exterior, Lula defiende la autonomía de Brasil y el multilateralismo. Flávio busca un acercamiento a Estados Unidos y a la alianza que Washington mantiene con 14 países latinoamericanos, en sintonía con el giro a la derecha de Argentina, Chile, Colombia o Perú.
Pero es en temas de vida, familia y género donde la distancia entre ambos es mayor. Aunque ninguno de los dos programas propone cambiar la ley del aborto. La diferencia está más en los principios declarados, en los nombramientos judiciales y en la educación.
En cuanto al aborto. Flávio Bolsonaro presenta en sus directrices de gobierno como «innegociables» el respeto a la libertad, a la familia y a la «vida desde la concepción», y es el único de los 13 candidatos que lo incluye como principio. Su programa no cambia la legislación vigente, pero esa postura le lleva a rechazar cualquier ampliación del acceso al aborto más allá de los supuestos ya previstos en la ley. En campaña ha ido más lejos: en una entrevista con Record afirmó que solo nombrará para el Supremo a personas contrarias al aborto y a las drogas, un punto relevante porque en Brasil ha sido el Supremo el que ha ampliado los supuestos legales.
Lula, en cambio, evita la palabra. En su plan, la garantía de los «derechos sexuales y reproductivos» aparece en el capítulo sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, sin propuesta de legalizar o despenalizar el aborto. Sin embargo, sus críticos señalan sus actos de gobierno: en este tercer mandato revocó la norma de 2020 que obligaba a comunicar la violación a la policía y preservar pruebas para la pericia antes de atender estos casos.
Y en el área de sexualidad y colectivo LGTBIQ+ aunque el programa de Flávio no incluye propuestas específicas para la población LGTBIQ+; ai tiene un aspecto directamente relacionado al restringir la participación de atletas trans en las categorías femeninas. También propone la castración química para los abusadores sexuales condenados.
El plan de Lula sí menciona expresamente a este colectivo: promete diseñar políticas teniendo en cuenta el género, la identidad, la orientación sexual, la raza y la clase social, para atender «de forma adecuada, justa e inclusiva» a las personas LGTBIQ+. Durante su mandato, en abril de 2023 restableció el Consejo Nacional de los Derechos de las Personas LGTBIQ+, un órgano asesor de 38 miembros.
Finalmente, en educación e «ideología de género» es donde el contraste resulta más visible en campaña. En la manifestación del 7 de septiembre en la Avenida Paulista, Flávio retomó las consignas de 2018 de su padre: rechazo a la «ideología de género» y a la «adoctrinamiento izquierdista» en las aulas, con la promesa de una escuela que enseñe sin adoctrinar y respete los valores que los padres transmiten en casa. Su programa también defiende extender las escuelas cívico-militares. Lula no plantea cambios en este terreno
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL – LATINOAMÉRICA
– Brasil | Flávio Bolsonaro vence a Lula en primera vuelta con un voto evangélico decisivo



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