Medellín, una ciudad marcada por la violencia extrema del narcotráfico en los años ochenta y noventa, encontró un inesperado agente de transformación en un ministerio cristiano de fútbol. A través del Christian Union Sports Club (CUSC), conocido también como COSDECOL, miles de jóvenes atrapados entre carteles, armas y reclutamiento forzado hallaron una alternativa de vida basada en el deporte, la fe y el acompañamiento comunitario.
La historia de Alex Saldarriaga, quien creció entre armas y criminalidad bajo la influencia de su padre vinculado a grupos armados financiados por Pablo, ilustra el impacto del programa. A los 17 años, tras asistir por primera vez a un entrenamiento dirigido por cristianos, escuchó por primera vez que era amado por Dios. Ese encuentro lo llevó a abandonar la vida delictiva y convertirse más tarde en entrenador del propio ministerio, incluso enfrentando amenazas de muerte por parte de bandas locales.
El CUSC nació en 1985, cuando el misionero y profesor Mark Wittig llegó a Medellín sin conocer la magnitud de la violencia que azotaba la ciudad, entonces dominada por el cartel de Escobar y con una de las tasas de homicidio más altas del mundo. Wittig y su amigo Álvaro Cano comenzaron organizando partidos con devocionales bíblicos, un modelo que rápidamente se expandió a los barrios más peligrosos, donde jóvenes recién convertidos formaron equipos y estudios bíblicos pese a balaceras, amenazas y asesinatos frecuentes.
Hoy, Medellín es considerada un ejemplo internacional de transformación urbana, y Wittig sostiene que el movimiento deportivo cristiano contribuyó a alejar a miles de jóvenes de las pandillas.
En 35 años, el CUSC ha atendido a más de 45.000 jóvenes y actualmente organiza un torneo con 90 equipos y 2.300 participantes. El programa se ha expandido a 19 departamentos de Colombia, al Amazonas peruano y próximamente a Venezuela.

Además del entrenamiento deportivo, el ministerio ofrece mentoría, talleres, retiros, apoyo espiritual y oportunidades laborales, como un negocio de brownies que financia parte de sus actividades. Para muchas familias, el CUSC representa un espacio de paz, comunidad y formación espiritual para sus hijos.
Aunque la violencia no ha desaparecido el equipo del CUSC afirma que su misión continúa impulsada por la convicción de que el amor de Dios puede transformar vidas incluso en los contextos más difíciles.


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