El motín en el penal de San Martín en Córdoba, Argentina, ocurrido el 10 y 11 de febrero de 2005, fue uno de los más sangrientos registrados en este país, con un saldo de 8 muertos (5 presos y 3 agentes penitenciarios) y decenas de heridos.

Tras 21 años de este suceso, diversos medios reseñan los detalles de esta tragedia. El detonante fue un intento de fuga masivo durante el horario de visitas que salió mal, pero el «caldo de cultivo» fue el hacinamiento crítico. Para ese entonces, la mencionada cárcel albergaba a unos 1.600 reclusos, superando con creces su capacidad operativa.

Por ese motín construyeron una cárcel en Cruz del Eje y trasladaron a varios presos hacia la Cárcel Reverendo Francisco Luchesse (Bouwer). La prensa local explica que el hecho ocurrió un jueves, día de visitas, y destaca como un grupo de evangelistas internos ayudaron durante y después de la tragedia.

La cárcel conocida como “Bouwer” funciona hace casi treinta años pero hubo un tiempo en el que convivió con otro complejo carcelario: el penal de San Martín, un recinto construido en 1890 y cerró en 2015.

Muchos la recuerdan por el motín del 2005, hecho que ocurrió un jueves, día de visita. Después del suceso, se generó el traslado de varios presos y un grupo de evangelistas internos los ayudaron a salir.

Los Guerreros de Jesucristo existieron hasta que cerró el penal. Según los medios locales, llegaron a tener siete pabellones y más de seiscientos creyentes.

La cárcel tuvo tres sectores: de internos más avanzados en el tratamiento, con gente en transición y conducta intermedia y uno de presos más complicados. Los evangelistas estaban en el medio y dialogaban con el resto de pabellones y con el personal penitenciario.

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De todas las historias que se generaron detrás de las rejas destaca la de Marcela y Eduardo. El medio La Voz contó como a él lo detuvieron en 1989 y estuvo preso por más de 20 años.

Cuando ella visitaba, notó que un grupo llegaba con la Biblia. Allí conoció a los primeros pastores. “Los presos recibían la palabra adentro y nosotras, sin querer queriendo, ahí afuera», dijo Marcela.

También destacó: “Mi marido se fue acercando al evangelio. Yo también empecé a sentir que más allá de ser la mujer del delincuente, o del asesino, o del choro, aparecía como una persona y aparecían otras personas que me decían que Dios me amaba”.

Explicó que el pabellón 10 era cristiano, y lo llamó la iglesia madre de los “Guerreros de Jesucristo”. “Ponían un parlante para que se escuche en todo el penal: “Dios te ama, hermano querido, sonreí. Cristo vive” ¡A las 8 de la mañana! Era una locura. Eduardo estaba emocionadísimo. Después fue vicepresidente de los guerreros por un tiempo», narró.

Los “Guerreros de Jesucristo” eran conocidos en Cordoba por hacer casamientos y bautismos masivos. Según la investigación periodística, en más de una ocasión entraron cerca de cien personas de afuera a bautizarse con piletas en el penal.

También ungieron a varios pastores en el “evangelio tumbero” y pidieron para sus pabellones a los presos más violentos para convertirlos. Las reglas eran claras: “No alcohol, no droga, no violencia, no adulterio”.

El día del motín, que estalló en el pabellón 5 por un problema de bandas, Marcela estuvo presente. Tres días después, con una cárcel incendiada y con emergencia carcelaria declarada, se presentaron apóstoles de Estados Unidos y del ministerio mundial El Aposento Alto para ordenar pastor a su marido.

Con el tiempo, ella fue conocida como “la Marce” y fue catalogada por los que hacían vida en el penal como esa madre espiritual.

Así como Marcela, destacan testimonios como el de Hugo Guzmán, que estuvo en doce motines. Fue jefe de seguridad en San Martín por cuatro años. Conocido por ser católico, aprendió de la cultura evangelista en la cárcel.

El trato con los Guerreros de Jesucristo empezó por permitir un pequeño pabellón para el culto de los evangélicos. Muchos pastores eran homicidas que tenían condenas de más de veinte años y se sumaron a la relación siendo jóvenes. Llegaron a tener una radio de emisión nocturna, torneos de fútbol, ajedrez y talleres de estudio bíblico los martes (los internos salían al patio a estudiar la Biblia).

Después del motín, la institución se puso las botas más altas que nunca y muchos proyectos desaparecieron”, dijo. Y agregó: “Yo creo que el peor error de las autoridades que nos sucedieron fue justamente desarmar los pabellones evangélicos, llevarlos a otros sectores. No solo era un vínculo con la religión lo que se daba, también la educación fue importantísima. El trabajo con licenciados en Psicología, Trabajo Social, Educación, más el aporte religioso y el nuestro, de seguridad, empezaba a formar un panorama sobre los internos con menos criminalización y menos violencia” dijo Guzmán a este medio.

Un periodista comentó que después del cierre, la situación se volvió más complicada porque las otras cárceles no reúnen las condiciones que se tenían en San Martín.

“Bouwer es una cárcel odiada por todos. En celdas individuales duermen cinco personas, y además del hacinamiento, es muy difícil acceder al agua potable, cloacas, ventilaciones. Está todo reventado, es una fábrica de resentidos y un perfeccionamiento de delincuentes. Además, está prácticamente tomada por bandas de estafas virtuales. Se crearon pabellones que ellos llaman empresas, donde las plumas (que son los jefes) tienen un montón de celulares y gente trabajando para ellos” denunció este periodista.

Para el, este hacinamiento impide cualquier tipo de proyecto religioso a largo plazo. Ahora, “la rotación es mucha, la violencia es muy grande, la corrupción es enorme; las posibilidades de armar algo son reducidas”, concluyó.

En esta conmemoración, muchos recuerdan la necesidad de estas actividades evangelísticas en los recintos carcelarios para disminuir la violencia en los penales y salvar las almas de los pecadores.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITALLATINOAMÉRICA
– Argentina | A 21 años del motín de Córdoba se recuerda el pentecostalismo carcelario en el penal



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